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Viajes de página vuelta

El viaje ha sido siempre uno de los temas más recurrentes en la historia de la literatura  universal. Desde tiempo atrás la humanidad ha intentado descubrir que el globo no solo es esférico, sino que contiene oníricos rincones que desvelar. Cuando al primer alpinista que hizo cumbre en el Everest le preguntaron por qué lo hizo su respuesta fue clara. Simplemente porque estaba ahí. La razón de ir “hacia rutas salvajes”  deberíamos buscarla en aquellos primeros nómadas que, aun sin saberlo, estaban satisfaciendo una curiosidad natural de conocer lo desconocido simplemente por esa misma razón.

Pompeyo el Grande exclamaba aquello de “vivir no es necesario, navegar  sí”,  siendo una de las revelaciones que durante siglos ha guiado los propósitos de muchos desplazados en cualquiera de sus formas. Y aunque el movimiento fue perpetuo, siempre existió, las razones son diferentes. Hoy se le llama viajar, con su extensa amplitud de variantes. La Real Academia de la Lengua, sin ir más lejos, le concede una visión parcelaria refiriéndose a viajar como un hecho mercantil. Sin embargo, Ramón Lobo no está de acuerdo con este significado, y para él “viajar es dejarse ir, mezclarse, contaminarse de los otros, de sus costumbres y su cultura. Viajar es buscar y encontrar la aventura, la transformación. Viajar es poner por delante los sentidos, desnudarse”. (El selfie, la última revolución social,  tintaLibre nº 17, Septiembre 2014).

Para los que no han podido experimentar la volatibilidad del viento y la relatividad de la libertad “siempre les quedará París”, y los libros. Esos pequeños volúmenes que son conquistados como el ritmo al caminar, paso a paso, página a página. Sin llegar a desplazarnos Gerald Brenan nos invita a disfrutar esta literatura a “quienes gustan de viajar sentados en su sillón preferido…” que puede deslizarnos a distinguir otras perspectivas, hojear las fronteras naturales, inspirar fragancias evocadoras, enfrentar lo extraño en nuestra intrínseca inquietud de avance.

Gerald Brenan nos invita a disfrutar esta literatura a “quienes gustan de viajar sentados en su sillón”

Pero recordemos, la hoja tiene doble cara, esta literatura traduce, al unísono, una interpretación del escritor. Por ello encontraremos desde la más alta fascinación por lo exótico hasta el prejuicio más férreo de la propia visión estereotipada, que también viaja. En Bhutan secreto Michel Peissel relata la añoranza que sentía al recordar cuanto disfrutaba de las comodidades de sus coches deportivos, sus comidas copiosas en castillos, de sus caballos; mientras seguía tratando de vasallos a los porteadores que le acompañaban en su viaje en el país himalayo. Esto le acarrearía más de un problema ya que cuando nos encontramos fuera de nuestro “castillo” una de las primeras palabras que aprendemos será la del agradecimiento, al depender constantemente de los demás.

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¿Quién gobierna la nave cuando pilotamos a través de la lectura?  ¿el autor, o nosotros? A pesar de la creación del autor somos nosotros únicamente los patrones del imaginario propio dentro de una universalidad literaria. Sin embargo, esa es una de nuestras diferencias, las que nos hace únicos, las que nos lleva a imaginar individualmente desde una historia colectiva. La que va desde la universalidad de la lectura hasta la soledad del individuo mientras lee. De este modo nuestra ilusión al crear se puede convertir en nuestra evasión.

¿Quién gobierna la nave cuando pilotamos a través de la lectura? ¿el autor o nosotros?

Así, toda lectura puede convertirse en una evasión, sintiendo en las propias carnes la fuga de Hainrich Harrer en Siete años en el Tíbet que narra el propio exilio del autor hacia las montañas asiáticas mientras era perseguido por los nazis. El viaje, no solo como huida en este caso, sino como salvación. Un rescate para el escritor -no desvelaré el final del libro- y para el lector, que pasea por el Tíbet llevándolo fuera de la rutina diaria.

En alguno de estos libros además de la experiencia del viaje se aporta un completo manual de supervivencia, en caso de necesidad. Ulises, después de haber naufragado y estando cautivo en la isla de Calipso, describe la construcción de una balsa para su escapatoria, similar proceder encontramos en Daniel Defoe con Robinson Crusoe o en La isla misteriosa de Julio Verne. Siglos después, Doucham Gersi, autor de Explorador, se valdría de las mismas técnicas para pasar las noches más frías. La manta con la que cubrirán sus sueños será el abrigo caído de los árboles en invierno, y así como Ulises se acostó y se echó encima un montón de hojas, a los exploradores modernos no les quedó más remedio que cubrirse con hojas a modo de manta.

en algunos de estos libros se aporta un completo manual de supervivencia

En el refugio de la literatura se pueden apreciar valores humanos ocultos tras estas historias. Libros como El Quijote de Cervantes o La Odisea de Homero han pasado a la historia como monumentos de la lengua o como alter ego de muchos lectores que persiguen sus sueños. El primero en la locura de alcanzar un ideal, y el de Itaca como un sufridor que padece las adversidades del camino y sale victorioso. De lo que tratan, en resumidas cuentas, es de un viaje, el viaje de una vida con esas páginas por pasar que todos compartimos.

La popularidad de los libros de viajes no siempre estuvo tan aceptada y a principios del siglo XVIII gozaba de poco prestigio. De hecho, algunas obras fueron censuradas por el público lector debido al carácter popular de la época la cual las consideraba de poca valía. Por consiguiente, algunos de estos bastardos ni siquiera fueron firmados, como por ejemplo Robinson Crusoe que nació huérfano en 1710.

Estas ficciones viajeras puede que no sean más que una respuesta al imaginario colectivo de una época, de una situación, de una vida perdida en el tiempo, pero su creación ha bastado para ser la culpable de espolear nuestras alas y emprender el vuelo. Sea como fuere, bon voyage.

Iván Ruíz

*Imagen de portada: Luis Fernando Márquez – Ponxx

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