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Plateia Viktorias

Llego a Atenas la noche del viernes. Siempre que se viaja a un lugar nuevo es conveniente amoldarse a las costumbres locales.  Así, el primer autobús que tomo lo hago sin pagar. “El gobierno nos ha llevado a una crisis y por eso no respetamos sus reglas” me dice Basil, un amigo de acogida con el que compartiré esta primera noche en vela. Nos acompañará también Fran, otro español por estas tierras al que conocí en el aeropuerto de Roma.

En solo algunas horas en la capital helena puedo ver el alcance de las palabras de Basil. En las paredes de algunos edificios, por ejemplo, los grafittis de protesta no dejan apenas distinguir los carteles de “se vende” o “se alquila”. Un país hipotecado por una deuda imposible de pagar. Nos quedamos en su casa hasta que decidimos ir a ver el helios (Sol) griego nacer en esta tierra tan maltratada. Las cariátides nos observan impávidas desde lo alto del Olimpo.

Abajo, en el reino de los mortales, los refugiados van arremolinándose en una pequeña plaza de la ciudad: Plateia Viktorias. Acampan aquí, en el centro, para ser visibles a la población. La imagen parece rememorar lo que sería el ágora de las antiguas polis, aunque ahora no son ciudadanos libres quienes la integran sino esclavos de unas condiciones de vida infrahumanas por las que huyen. Hablando con algunos de ellos, incluso antes de llegar a sus destinos occidentales, ya están pensando en volver a sus países, si fuera posible, para ayudar a su gente.

 

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Muchos de los que se desplazan son familias enteras, en este caso de Afganistán.

 

Hasta aquí van llegando empujados por pequeñas corrientes mar adentro, buscando el Partenón como referente de una supuesta humanidad europea de la que hablan los medios de comunicación. Al llegar a Turquía, antes de poner rumbo a Grecia, muchos de los que están aquí tuvieron que pagar más de mil euros para ir hacinados en ferrys o pequeñas embarcaciones. Una larga y peligrosa travesía que termina desde Siria, Afganistán o Iraq. Se sienten afortunados. Saben que muchos otros tuvieron que permanecer en sus países o perecieron en este mar, que, a pesar del derrame de sangre, mantiene impávido su tonos azulados.

En estos campamentos que rápidamente se improvisan en el centro de la ciudad, recuperan fuerzas para seguir el itinerario. Ahora empieza un nuevo camino hacia la Europa del norte, pero antes deberán superar las dificultades en las fronteras de Macedonia, Serbia y, especialmente, Hungría, donde el gobierno ha instalado férreas concertinas para evitar el flujo de desplazados.

 

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Mujeres indonesias reparten la comida recogida entre los refugiados.

 

A la espera de soluciones eficaces por parte de los gobiernos, es la población civil la que se moviliza para ayudar a estos desplazados. En esta plaza me encuentro con un grupo de amas de casa indonesias que altruistamente se dedican a recoger comida para poder ofrecérselas a los que llegan aquí. Me cuentan que lo hacen por pura “humanidad”, ya que se sienten identificadas con su situación, y no tienen a ninguna organización o gobierno que las ampare.

Mientras escribo estas notas desde la plaza, veo salir una chica del portal de su casa. Con cierto nerviosismo cierra el acceso al bloque. Hay cierta tensión entre algunos ciudadanos que ven con recelo la llegada de estos refugiados a sus calles. Muchos se encuentran en situaciones muy desfavorecidas, pero, a pesar de todo, no pierden su elegancia. Saben que deben presentarse a las autoridades bien arreglados, no vaya a ser que los tomen por inmigrantes. Todavía no he encontrado cuál es la diferencia entre unos y otros.

 

Iván Ruiz

12-09-2015

*Fotografía de portada: Latifa y Farida con su madre Ariel, venidas desde Afganistán.

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