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Judith

Salgo del metro en dirección a la estación de trenes – supuestamente abarrotada – del centro de Budapest (Hungría), llamada Keleti. Un lugar que tanto me había zumbado en los oídos en los últimos días.

Keleti es la estación que compartían los desplazados para retomar su ruta en el intento de arribo a Centroeuropa. Desde aquí partían directamente hacia Austria, destino de alguno de ellos, o hacia Alemania y los países nórdicos.

De este lugar también partieron convoyes que, en un primer momento, se dirigían hacia esos destinos, pero que finalmente desembocaron en campamentos de refugiados que hay instalados a las afueras de la ciudad.

Ese era el trasiego de la estación hasta hace cuatro días.

En este momento no quedan más que el tumulto de ordinario y grupos desmedidos de policías esparcidos por la estación.

Estación de Budapest-Keleti. Un grupo de policías patrullan mientras que los pasajeros suben y bajan de los trenes/ Iván Ruíz

Estación de Budapest-Keleti. Un grupo de policías patrullan por la estación mientras que los pasajeros suben y bajan de los trenes/ Iván Ruíz

Éstos se ponen en alerta una vez piso los andenes, y su actitud, hasta el momento de relajado parloteo, se torna en una mirada de desconfianza hacia mí. El cuchicheo al oído y el codazo son sus señas de alarma. Para ellos tengo la apariencia de un sirio.

Desciendo hacia las entrañas de la estación, llego hasta una serie de cobertizos donde vi tantas fotografías de desplazados en los medios de comunicación. Desde ahí se coordinaba la ayuda a los refugiados, y aún queda alguna oficina abierta que empaqueta material sanitario para trasladarlo a otro campamento. Aquí me recibe amablemente Judith, voluntaria de Medical Aid.

Judith, enfermera y voluntaria de Medical Aid (Estación Budapest-Keleti) / Iván Ruíz

-¿Por qué no están aquí? – Pregunto.

-Hace cuatro días que se los llevaron de aquí. Las fronteras ahora mismo están cerradas. La Armada está allí.

-¿Han cambiado la ruta?

-Sí, han tenido que cambiarla. Ahora  van de Macedonia o Serbia y si no pueden cruzar de Serbia a Hungría se van hasta la frontera con Croacia. Y deben cruzar Croacia y Eslovenia.

La organización a la que pertenece Judith se coordina gracias a la colaboración de voluntarios y donaciones privadas de farmacias de Alemania o Suiza. Lleva un mes trabajando en esta estación como enfermera pero forma parte de todo un equipo de especialistas dedicados al cuidado sanitario de los desplazados.

-¿Qué necesitan cuando llegan aquí?

-La mayoría vienen resfriados, por este tiempo, pero también diarreas y enfermedades contraídas por la falta de higiene; pero atendemos toda clase de enfermedades…

Cuando le pregunto su opinión sobre lo que está pasando tuerce el gesto. Las facciones cálidas y amables de Judith cambian y se manifiesta en su cara un mohín amargo de disgusto. Defiende a las personas que, como ella, ayudan en organizaciones solidarias mientras se muestra crítica con el Gobierno de su país que ”no hace nada”.

-Es una vergüenza. Es una vergüenza no dejarlos pasar y ni siquiera preguntarles qué es lo que ellos necesitan en este viaje…

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