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Hacia la frontera macedonia

En los alrededores de la estación de Larissa ( Atenas) no hay más ajetreo que el habitual. Cuando llego a las 19.00 ya está por caer la noche y, conforme pasa el tiempo, van apareciendo de entre las esquinas sombras cargadas de bultos, noctámbulos relegados al vagón de segunda clase del sueño. Aquellos que varan errantes mientras todos duermen.

A estas horas las diferencias entre los que van y vienes se difuminan. Solo se ven personas que deambulan por las vías, al refugio de los vagones, con un ticket en la mano como salvaguarda. Llegan desde plazas, jardines, o cualquier esquina, para encontrarnos todos en este punto de partida hacia un lugar incierto. Al menos, la noche permite estar durante un tiempo fuera de la mirada desconcertada del turista y del recelo del oriundo al extranjero.

Llegamos a las 7 a.m a Salónica y, antes de poder tocar tierra, nos encontramos en un bus que nos lleva hacia la frontera “no reglada” ( solo para refugiados) de Macedonia. El bus nos deja en mitad de ninguna parte y, después de andar por las vías un par de kilómetros, llegamos a la línea fronteriza. Allí nos espera el ejército macedonio. No hay pancartas de bienvenidas, ni mucho menos.

 

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Paso habilitado para los refugiados en la frontera de Grecia con Macedonia

 

En este paso fronterizo nos organizan a todos en una fila de dos personas. Los miembros del ejército se encargan de distribuir a las personas en grupos. A mí y el grupo de chicos sirios con el que me uní en el trayecto nos asignan el número 68. Por la multitud y el desconcierto se crean ciertas situaciones de tensión que hacen poner en nerviosismo a los militares fronterizos. Desde el otro lado de la valla, la policía griega, en un intento de suavizar la situación, les advierte: “son la mayoría menores de edad”.

Cuando estábamos a punto de entrar, no me dejaron continuar. Soy de un país miembro de la unión, mis puertas son “oficiales”. Me obligan a regresar por donde he venido si quiero atravesar la frontera. Siento un nudo dentro de mí al tener que abandonar al grupo de chavales que, después de tantos kilómetros recorridos, empezaba a sentir como si los hubiera conocido desde siempre. Había olvidado que para las autoridades, ellos eran refugiados y yo un europeo cuyas fronteras están siempre abiertas.

 

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El grupo de chicos sirios con el que llegué hasta el paso fronterizo.

 

Todos son menores que yo y, en realidad, me sentía como en la posición del hermano mayor. Así, con este resquemor interno de dejarlos solos, no me voy de allí hasta que veo que atraviesan la frontera. Antes de seguir su camino sin un destino claro, echarán la vista atrás con caras incrédulas. Nos tenemos que separar. Las fronteras imponen su estricto filtro entre personas que hasta hace unos minutos se sentían parte de una misma comitiva.

A pesar del cansancio, reanudo la marcha. Debo buscar la forma de atravesar la frontera y avanzar por el país, así que busco algún coche que pueda llevarme hasta la ciudad de Gevgelija, a pocos kilómetros del paso fronterizo. Mientras avanzo por tierras macedonias voy pensando ya en el siguiente destino, Serbia, y en el modo de encontrarme con los amigos que dejé allá en la frontera.

 

Iván Ruiz

15 – 09 – 2015

 

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