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“Encrucijadas” Antonio Ruíz

Comenzó temprano, demasiado para mi gusto. Todavía era de noche y los bostezos me acompañaron hasta que empezó a amanecer. Suelo ser desorganizado, así que me dio el alba metiendo una cosa aquí y otra allí. Pertenezco a esa minoría mayoritaria que lo deja todo para el final, esos que dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy. No hice ni lista, ni escrita, ni de memoria, ni tenía una ligera idea. La mochila acabó por no cerrar y la maldita sensación de que siempre se te olvida algo no se me quitó en todo el viaje.

Era una distancia relativa, como todas en esta vida. Sobre las 8 a.m. estaba en la carretera nacional, con el pulgar en alto y la sonrisa que siempre me acompaña a todas partes. Hacer autostop en estos tiempos es una locura, casi tanto como la bondad del que para a recogerte. Aun así, la bondad existe, y esas es una de las pocas cosas que me hace tener esperanza cuando salgo. Sobre las 9 a.m. me recogió un campesino que iba a regar, como todas las mañanas. Las conversaciones entre dos me suelen incomodar pero aprender me apasiona, y siempre se aprende. El hombre me contó la realidad de su trabajo, lo que cuesta, lo poco que renta y lo mucho que le apasiona. Dar con gente así, es un verdadero gustazo. Me soltó en una intersección, donde se separaba mi camino y el suyo.

era una distancia relativa, como todas en esta vida

Me regaló una radio a pilas, consciente de que el camino siempre es relativo, y aunque libros no me faltaban, me dijo que la compañía se agradece. Hombre sabio. Me ubiqué donde aún la sombra no se había ido y encendí ese pequeño artilugio con dos altavoces. Sonaba algo de jazz, tranquilo, con leves subidas y fuertes bajadas. Había poco tránsito en ese cruce y no sé por qué se me antojó que esos cuatro caminos eran una señal.

La música cambió y paró un coche. Era una mujer de unos 40 años; me dijo que me acercaba hasta otro cruce. Dudé entre quedarme o cambiar de paraíso; aunque me guste moverme, también me atrae quedarme quieto. La duda se me notó y la mujer me metió prisa; recogí y me subí. Con las prisas la radio se quedó encendida. Cuando iba a apagarla la mujer me dijo que no lo hiciera; su coche no tenía compañía y decía que llevaba horas sin sentir ritmo.

dudé entre quedarme o cambiar de paraíso

Íbamos callados, escuchando el leve swing de los altavoces, los roces de los cambios de marcha, sintiendo la brisa en las manos, los giros en las curvas. Yo miraba hacia adelante, como casi siempre, apreciando dos de las cosas que más me gustan de esta vida: viajar y la música.

Me bajé en uno de esos cruces en mitad de la nada, uno de esos sitios que no se sabe el por qué son especiales pero que lo notas cuando pisas el suelo. El calor apretaba más que nunca y de un leve vistazo a mi alrededor me topé con un árbol de tronco grueso. Caminé hacía él como el que sobrevive en el desierto buscando agua, soñando con el oasis que aparece detrás de la duna, no para descansar, sino para vivir.

 

Antonio Ruíz

*Ilustración de oMi

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