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El tren amarillo

Paso por Macedonia sin apenas tocar tierra. Desde la estación de tren de Gevgelija –un punto clave al sur del país para los desplazados que quieran llegar a Serbia-,  viajo todo el día en autobús hasta que por la noche alcanzo la capital del país, Skopje, cercana a la frontera serbia y kosovar.

¿Por qué tanta prisa? Aquí ya no queda nadie. En un primer momento el gobierno macedonio había habilitado pequeños campos de refugiados en sus ciudades, pero ahora están todos desiertos. Aquí se controla el tráfico de desplazados estrictamente y todos pasan el país como yo, sin poner un pie en el suelo.

Mientras estoy sentado en la estación veo que llega un herrumbroso tren: es el que atraviesa el país con los refugiados. El plan gubernamental ha sido poner en estado de emergencia a los servicios de transporte e interrumpir las líneas ferroviarias regulares para trasladar a estos “indeseables”[1].

Cojo la cámara y corro a su encuentro. El tren esta abarrotado y la gente sale por las ventanillas buscando el aire que no tienen dentro. Mientras se detiene, las gentes del lugar se abalanzan sobre el vagón para venderle todo tipo de productos: agua, tabaco, comida, etc. Sigo tomando fotografías, aunque una muchacha me increpa para que no lo haga. No le presto mucha atención y continuo con mi trabajo.

 

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En el poco tiempo de espera en la estación los locales conseguían vender todo tipo de productos.

 

El tren se marcha rápidamente, no tarda más que unos cuantos minutos, y yo, mientras sigo esperando mi autobús, vuelvo al lugar en el que estaba sentado. En ese momento veo por mi lateral que se aproxima un grupo de cuatro personas, y, para mi sorpresa, una es la chica que antes me advertía de no echar fotos:

-¿Qué estás haciendo? -me preguntan.

-Viajando. – les contesto con mucha calma, aunque se tensan mis nervios

La chica de antes empieza a gritar diciendo algo en su idioma. No la entiendo, pero imagino que no es para nada bueno. Una de sus amigas me dice, otra vez, que no quiere fotos.

-¿Por qué iba a querer una foto de ella? -le pregunto.

-No le gustan las fotos –me dice.

-A mí tampoco. -le respondo. Es verdad, no me hace mucha gracia que me fotografíen.

Se quedan mirándome todos con mirada desafiante hasta que terminan por alejarse. Ya pasó todo. Respiro tranquilo una vez más, pero ¿cuando demonios saldré de aquí? Tengo los músculos engarrotados y noto algo de fiebre por el calor que soporté mientras hacía autostop para llegar hasta esta estación.

Por fin llega la hora y me marcho en un bus nocturno que me lleva hasta Skopje. De allí cojo otro hasta Belgrado,  capital Serbia a la que llegaré de madrugada. Al bajarme del autobús veo delante de mi un parque lleno de desplazados. Solo tengo fuerzas para merodear el reciento para ver si encuentro a mis amigos sirios que dejé atrás en la frontera Macedonia. Desesperanzado tras un par de horas, me pongo a buscar un lugar donde dormir.

 

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Un campo de refugiados improvisado a las afueras de Belgrado, Serbia.

 

-¿Do you have papers?

Es lo primero que me dicen, de forma automática, al preguntar si hay habitaciones libres. Después me enteraré que las autoridades serbias han prohibido a todos los hostales recibir inmigrantes bajo multa. Sin embargo, hay muchos que, bajo cuerda, aceptan grandes cantidades de dinero a cambio de dejarlos descansar.

-Hace dos días vino un refugiado y me puso 500 euros encima de la mesa para que lo dejara quedarse -me dice Johnny, el gerente de un hostal cerca del Danubio. Algunos hosteleros prefieren pagar la multa, que desde que entró en vigor hace dos años asciende a una cifra de 1000 euros, y arriesgarse a acogerlos.

Encontré una habitación, compartida con unos chicos sirios. Cuando llegué, sin embargo, me sorprendió que la propietaria del albergue no dejaba de reprenderles y amenazarlos con que la próxima vez se irían a la calle. Cuando todo se aclara, me doy una ducha y, al mismo tiempo, hago la colada de mi segunda muda, la única que llevo además de la puesta. Tiendo la ropa y me echo a dormir.

Cuando me levanto no hay rastro de estos chicos ni tampoco de mi ropa. Le pregunto a la propietaria qué ha pasado con ambos y ella, con malos gestos, se desentiende y me da la impresión que la ha tirado a la basura sin ningún tipo de escrúpulos. Sigue pensando que soy un refugiado, que mi pasaporte es falso, y, a estas alturas de la película, no se va a creer nada de lo que yo le diga.

No pienso perder más tiempo con ella y salgo a la calle en busca de mis semejantes. Aquellos que nada tienen que ver con la Europa de la que formo parte.

 

[1] En la acepción que la RAE en primera instancia: 1. adj. Dicho de una persona: De permanencia peligrosa en un país, según las autoridades de este. U. t. c. s

16/17 – 09 – 2015

Iván Ruiz

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