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“Desde el sentido del viaje al viaje del sentido” Miquel Aguiló

No son pocas las personas que se embarcan en un viaje con razones que apoyen la elección de su destino. Pero sí son pocas las personas que convierten al viaje mismo en su destino prescindiendo de toda razón. Estas últimas, sin pensárselo dos veces, andan, corren, pedalean, pisan el acelerador y aumentan la velocidad hasta el punto de llegar a volar. Todo ello para ser partícipes de un único fin: el cambio. De esta manera, movidos por una auténtica pulsión de verdad, materializan la idea de viaje y la confunden no solo con su propia esencia particular, sino también con el ser esquivo de todas las cosas.

Siendo consecuentes con lo dicho parecería que existen dos tipos distintos de viajeros. Sin embargo, cabría destacar que la cantidad de categorías en las que se descompone el concepto de viajero depende de la decisión terminológica que se adopte a la hora de analizarlo. Así pues, nosotros por lo pronto dividiremos el concepto en dos: por un lado en el viajero convencional, y por otro lado el auténtico viajero. Llevados de la mano por este último, nos veremos en condiciones de realizar el movimiento de la reflexión que nos conducirá desde el sentido del viaje hasta el viaje del sentido.

El viajero convencional es aquel que encuentra razones para viajar y, por lo tanto, le da un sentido al viaje. El turista, por ejemplo, viaja para divertirse, relajarse o conocer mundo; el hombre de negocios viaja para formarse o cerrar un trato; y el peregrino lo hace para expiar sus faltas. Ahora bien, los viajes del viajero convencional son medios viajes porque continúa anclado a la razón que da sentido al hecho de viajar. No llega a efectuar el auténtico despegue porque aún se identifica con un espacio relacional mucho más amplio que estructura su psique y dónde realiza sus proyectos y expectativas; dónde la existencia tiene aún un sentido. De alguna manera, el viajero convencional sigue sujeto a un universo simbólico a través del cual interpreta el mundo e incluso se construye una propia identidad. Por eso sabe que viaja en calidad de turista, emprendedor o peregrino; y por eso conoce cuál es el valor de su viaje.

el viajero convencional sigue sujeto a un universo simbólico a través del cual interpreta el mundo

El auténtico viajero, en vez de eso, dinamita las estructuras que ordenan su mundo liberando al sentido de las cadenas que lo mantienen preso. Así, al romper todo vínculo con unidades relacionales de la estructura – como podrían ser la familia, el trabajo o la nación – pierde la conciencia de sí mismo y del valor de las cosas. El goce, la adquisición de bienes o el perfeccionamiento de uno mismo no son para él verdaderos valores que den sentido a la existencia. Para el auténtico viajero la única verdad es la verdad del movimiento. De ahí que al viajar transforme al sentido del viaje en el viaje del sentido. Y es que el sentido de las cosas vaga errante entre universos simbólicos cuando el auténtico viajero se desvincula una y otra vez de los distintos espacios relacionales que va encontrando en su camino. En definitiva, si nuestro auténtico viajero fue en algún momento hijo o amigo; si durante la travesía fue en algún momento padre o trabajador; si fue en algún punto del trayecto artista o filósofo, después de haber emprendido el verdadero viaje es solamente viajero y, como tal, cumple el ideal romántico de ser uno y todo con la naturaleza.

Miquel Aguíló

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