arrugas-de-no-tocar

Ciudades desafinadas

Mi patria es un rinconcito,

el canto de una cigarra,

los dos primeros acordes

 que yo supe en la guitarra”

                               J. Drexler

 

El mástil de una guitarra se compone de sonidos sin nombre, un diccionario compartido en el que se fraguan infinidad de universos al simple roce de seis cuerdas. Desconozco lo que los físicos dicen al respecto, pero en esa vibración es cierto se altera la consciencia y se viaja a través de los sentidos por el tiempo y el espacio. El hombre deshace sus diferencias y comparte la experiencia, de orígenes tan primitivos como es la armonía, presente en la naturaleza antes de que cualquier pentagrama diera constancia de ella. Así, se podría decir que el sonido de una cigarra y el saxofón de Paul Desmond hablan esta misma lengua ubicua y atemporal.

Sin embargo, la espontaneidad connatural a este arte está en peligro de extinción, puesto que cada vez son más los cotos y las restricciones a su libre ejercicio. El eje por el que se mueve toda esta nueva ola de políticas es el problema que supone la música en las calles como “contaminante acústico”. En la orquesta metropolitana no todos pueden participar, y poco a poco esa melodía que embalsamaba antaño las calles va siendo absorbida por el ruido crónico de una avalancha de percusión motorizada.

 se podría decir que el sonido de una cigarra y el saxofón de Paul Desmond hablan la misma lengua

Cristerios de idoneidad

Resulta paradójico esta progresiva criminalización de la música ya que, por suerte, nuestros legisladores son letrados humanistas y conciben la importancia del sonido para las ciudades: ”El sonido es una parte importante de la comunicación, de la cultura y de la vida en general. Desde el momento en que nacemos, estamos inmersos en un universo de sonidos, cada parte de la ciudad en la que vivimos tiene los suyos propios y característicos, que definen su paisaje sonoro, y que nos acompañan a lo largo de todo el día”.[1]Este texto forma parte de la introducción a una de las leyes que más controversia ha suscitado. En septiembre de 2012 se aprobaba en Madrid una normativa por la que se considera Zona de Protección Acústica Especial (ZPAE) casi todo el centro de la ciudad, con una serie de restricciones que afectan tanto a músicos callejeros como a locales nocturnos. Teniendo en cuenta el carácter fundamental del sonido, el interés común y el bienestar de la población, “toda actuación musical o asimilable” dentro de estos márgenes espaciales será regulada a través de una “autorización municipal”[2].

Autorización sin requisitos ni parámetros concretos, tan subjetiva que finalmente se ha convertido en un verdadero casting de músicos.  Y es que así, el Ayuntamiento de Madrid se posiciona como el director de orquesta que pretende “concertar” el espacio público más que ofrecer sinfónicas melodías por sus calles.  A través de un “Comité de Idoneidad” se supervisa la calidad e interés interpretativo de las actuaciones que se ofertarán gratuitamente por el centro de la ciudad.  Algunos de los que han intentado suerte en este nuevo “reality” de las calles madrileñas son Gerardo Yllera y Laura Nadal con su Potato Omelette Band. Montaron un dúo de calle para “vivir la experiencia de enfrentarte al público directamente” y acudieron a estas pruebas  en diciembre de 2013 con bastante ironía, dedicando la canción de Calle 13 “No hay nadie como tú” a la alcaldesa de Madrid. Dos semanas más tarde se publicaron los resultados: 318 músicos (69,1% del total) son admitidos para tocar, dejando en la calle -errata, ni siquiera en la calle- a otros 142, la mayoría de ellos profesionales. Gerardo y Laura, para su sorpresa, sí consiguieron el título.

Uno que no tuvo tanta suerte fue El Loren. Él hace un espectáculo de percusión reciclada, sirviéndose de un par de baquetas y un variado set de objetos supuestamente inservibles. Ha estado tocando en países como Francia, Suiza, Alemania, etc, pero ahora no puede en su país, o al menos en Madrid, porque la percusión ha quedado terminantemente prohibida con esta última ley de protección acústica. A pesar todo, asegura que seguirá tocando donde pueda, arrastrando así esa cadena de ilegalidad perpetua que condena su per-se-cusión. Como él, muchos otros siguen tomando el riesgo de armarse de notas, buscar la afinidad del ritmo y saltarse las barreras de la incongruencia. Cara a cara, sin intermediarios. Y es que ahí fuera el filtro de “idoneidad” es el de las monedas que consigues llevarte a casa al final del día, y los únicos que pueden juzgar el trabajo son todos los que pasan a tu lado.

el filtro de “idoneidad” es el de las monedas que consigues llevarte a cas al final del día

Alguna viejita seguro que se anima a acercarse, con la sonrisa nostálgica, acordándose de ese nieto que vive lejos pero que lleva sus mismas pintas; los niños disfrutarán sin miedo e insistirán para que les dejen darle algo a ese extraño, en realidad sin saber aún el valor del dinero ni la noción de desconocido; pero, sobre todo, los que con más insistencia vendrán a acompañar al músico en sus largas tardes de trabajo serán los cuerpos de seguridad, que, preocupados por el bien común, harán saber los delitos cometidos por el malhechor y lo invitarán a cesar su actividad. Arma en mano, el músico dispara a los agentes un par de notas. El homicida será arrestado in situ. Por suerte, la población descansa ahora con la seguridad de que la razón abanderada por la ley se ha vuelto a imponer ante ese cuerpo informe y disoluto  que los distraía camino a alguna parte.

 

Music is not a crime

Quitándose competencia, ahora son los propios policías los que, sin pasar ningún casting, se apuntan a demostrar sus virtudes musicales en la calle. Es el caso de los Mossos d’Esquadra que en los últimos tiempos han cambiado sus pelotas de goma disuasorias para concentraciones por unos “cañones acústicos”[3]. ¿Instrumentos o armas? Que se lo pregunten a muchos a los que en ocasiones requisaron sus inofensivos “lanzanotas”. Por ejemplo a Ion, violinista que trabaja por las calles de Valencia desde hace más de seis años y que sufre constantemente la incautación de sus herramientas de trabajo al no tener autorización: “me han quitado 16 violines ya”[4]. La paradoja es que le sale más barato comprarse otro violín que pagar la multa.

Algunos de estos delincuentes se esconden en sus propios domicilios para llevar a cabo sus actuaciones ilegales, aunque, gracias a la colaboración vecinal, se han descubierto recientemente casos escandalosos como el de la pianista Laia Martín de Puigcerdà, que llevaba a cabo clandestinamente sesiones de piano de ocho horas, cinco días a la semana. Como es lógico, se tomaron medidas penales y la fiscal pidió siete años y medio de cárcel. Más tarde, sin embargo, desgraciadamente para la salud pública, ésta fue absuelta y seguramente en estos momentos sigue corrompiendo la tranquilidad del valle del Segre en la Cerdaña catalana[5].

Ante este acoso normativo que pretende criminalizar la música hay muchos que se están organizando para reivindicar la dignificación de este modo de expresión. “The music is not a crime” es el manifiesto sonoro de Glen David Andrews y una banda de más de 300 músicos de Nueva Orleans que se presentaron en el consistorio de la ciudad para protestar por las últimas medidas legales que hacen cada vez más difícil la ejecución de una parte fundamental de su cultura.[6] No se podría entender a esta ciudad sin su Mardi Gras, sin esa música que rebosa desde cualquier esquina y que supone uno de los ejes por los que se compone la comunidad, sobretodo en los barrios con menos recursos, como se refleja en la serie televisiva “Treme”.

 

Epílogo

Todo esto son sólo algunos casos para tratar de reflexionar sobre el cerco legislativo y penal que cada vez restringe más las libertades artísticas, indiscriminadamente y sin dejar alternativas en muchos casos. De manera paulatina y silenciosa va desapareciendo de la calle la espontaneidad, la posibilidad de mostrar en ese espacio común sentimientos libremente, sin necesidad de una burocracia previa que estreche la intuición. Cada uno muestra sus virtudes y sus defectos, y el juicio sólo puede quedar en aquel que se agacha para agradecer el regalo de un puñado de notas que lo han cautivado mientras, distraído, detenía su marcha cotidiana.  Echar a los músicos de las calles, último refugio en el que poder actuar, convierte a estos profesionales en verdaderos clandestinos.

Occidente tiende a ver “la paja en ojo ajeno”, criminalizando el islamismo radical de países como Irán y su censura a las libertades humanas sin analizar primero los defectos propios. Allí, es cierto, la música no acorde con la religión debe ser ocultada y muchos jóvenes se esconden en sótanos para hacer conciertos y ensayar, como bien se ve en la película “Nadie sabe nada de gatos persas” de Bahman Ghobadi. Mientras se critica,  parece que en nuestro país el camino es el mismo, siendo ahora, gracias a la tecnología, un momento muy especial en el que se puede consumir ingentes cantidades de este arte, y cada vez más personas se inician en tocar un instrumento, pues se ha hecho mucho más accesible. No se pueden poner fronteras a la música, y así como el río vuelve a marcar su camino por donde le impusieron una barrera, los sonidos seguirán escapando las normas y los cercos para desembocar una y otra vez en el fondo de los oídos.

EL SONIDO DE LAS CALLES

 

Alberto Rosado del Nogal y Sabrina Hanhoff son los realizadores del documental “El sonido de las calles”. Una película sin ánimo de lucro, expuesta en Youtube para todo el mundo, en la que se muestra la situación de los músicos callejeros en Andalucía. Un producto con pocos medios que busca simplemente acercarse a la realidad de este gremio, “ni más ni menos”.

¿Cuál es la principal dificultad a la que se enfrentan los músicos en la calle?
Quizá la mayor dificultad es la carencia de las dificultades comunes a otros ciudadanos. La libertad que la calle ofrece puede, en muchos casos, suponer asumir la responsabilidad total de los actos. Su libertad provoca que los vecinos vean peligrar la suya, que la policía tenga envidia, que la sociedad crea que su propia vida de esclavitud es superior a la de los músicos. La libertad absoluta no encaja en nuestras categorías: salario fijo, hipotecas, pensiones. Algunos ven eso como dificultades, otros como difíciles retos para una superación personal. El músico callejero tiene la soledad de la libertad, somos el resto los que tenemos que transformar esa soledad en alegría.

el músico callejero tiene la soledad de la libertad, somos el resto los que tenemos que transformar esa soledad en alegría.

¿Cualquier músico puede buscarse la vida en la calle tocando o es la calidad del músico la que determina su permanencia?
Regalar música, podemos todos; vivir de ella, algunos. Todo el acto de altruismo, de expresión máxima de libertad y conexión con el público se traduce en forma de una moneda. Pero esa moneda no suele premiar tan solo el regalo, sino la calidad del regalo. Porque, además, hay regalos que no nos gustan, músicos que no son músicos y personas que carecen de empatía con otras. Hay muchos factores que determinan que la moneda o la compra de un disco se una al acto del músico callejero y el transeúnte común. Lo que sin lugar a dudas ocurre es que para tú dedicar, no solo tiempo, sino también un mínimo esfuerzo económico, la música que escuchas ha de enamorarte. Pagamos por beber buen vino, visitar paradisiacos y recónditos lugares, vivir un concierto en directo, etc. ¿Por qué íbamos a pagar por algo que no nos gusta? No tendría sentido, más allá de la caridad. Es la calidad, nuestro gusto y el momento en el que recibimos justo ese tipo de música y no otro, lo que hará que nos llevemos la mano al bolsillo o no. Hay muchos músicos, muchos gustos y muchos momentos, pero si el músico es bueno, todo se volverá más sencillo.

¿Cuál es la reivindicación de los músicos callejeros hoy en día?
Que no son un problema, sino una solución. Que no venden su música, la regalan. Que no prejuzgan al oyente, pero ellos si son prejuzgados. Que la policía no los ataque, porque no son delincuentes. Que la sociedad no los menosprecie, porque son personas. Que la envidia social no los perjudique, porque es una opción más. Que no se corten las alas de su música, y que siga retando a la industria. Que se les escuche, porque es descortés rechazar regalos. Que se les respete, porque no debería no ser así. Que el músico callejero sea, en definitiva, tan aceptado y querido por su función como cualquier otro trabajador. Ni más, ni menos.

 Iván Ruiz / Arturo Triviño

 

 


[1] Introducción de la Memoria Justificativa de la Zona de Protección Acústica Especial del distrito Centro, aprobado el 26 de septiembre de 2012

[2] Artículo 17 de la ZPAE

[3] “Los Mossos utilizan por primera vez cañones de sonido en disturbios” El Mundo Javier Oms, 18/01/2014 http://www.elmundo.es/cataluna/2014/01/18/52d9b328ca4741d8798b457d.html

[4] “Me han quitado 16 violines” El País, Cristina Vázquez, 17/10/2013 http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/10/17/valencia/1382032974_599160.html

[5] “Absuelta la pianista que el fiscal quería encarcelar por molestar a una vecina” Europa Press 26/11/2013 http://www.europapress.es/sociedad/sucesos-00649/noticia-absuelta-pianista-afrontaba-carcel-contaminacion-acustica-20131126184053.html

[6] “Musicians, protesters denounce sound ordinance” The New Orleans Advocate, Alex Rawls, 21/01/2014 http://www.theneworleansadvocate.com/home/8128671-172/musicians-and-protesters-storm-city

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