Caminos de libertad. Editorial nº1

Después de una prueba piloto, nos ponemos a escribir de nuevo con un gran sabor de boca: el de haber recibido un buen número de felicitaciones y palabras de ánimo para continuar con esta idea cuyo fin último es el de poder compartir reflexiones, dudas, voces y pensamientos que viajan con esta publicación allá donde nos movemos. Hemos decidido continuar con la mendicidad periodística del fertilizante de ideas. Seguimos escribiendo, y cada vez somos más; seguimos creyendo en que merece la pena esta denostada labor de los que se dedican a la comunicación o, en general, a la creatividad; seguimos saliendo ahí fuera intentando dar a conocer nuestro romance con el papel, que siempre será en alta definición; y seguimos guiándonos por la intuición de dar a conocer pequeñas dosis de la realidad, sin más. Desde que imprimimos aquella primera intentona solemos llevar con nosotros alguna copia para dejarla en cualquier lugar donde pueda ser leída, desde una biblioteca, pasando por churrerías ambulantes o alguna pequeña librería. No sabemos si contra pronóstico -al menos para nosotros ha sido una sorpresa- ha tenido frecuentemente una buena aceptación entre personas de todo tipo, de edades y orígenes diferentes, que aceptaban el ejemplar con la expectativa de descubrir qué habría entre esas páginas. El sentimiento de apoyo ha sido bastante generalizado, y muchos han alargado su mano para “disfrutar del otro” – que en este caso éramos nosotros-, eso que, como nos sugiere Salva Rodríguez, “es sin lugar a duda lo mejor de este planeta“. Y no lo dice como una generalización, sino que este viajero de dos ruedas debe saber de esto, ya que está ahora mismo en su etapa final por Europa de una vuelta al mundo que dura ya casi nueve años.

“disfrutar del otro es sin lugar a duda lo mejor de este planeta” Salva Rodríguez

A lo largo de este tiempo repartiendo la revista nos han pasado algunas historias curiosas. Desde el encontronazo con proyectos supuestamente éticos que al final tienen como valor último la competición “sin ánimo de lucro”, hasta la permuta de un puñado de páginas por una docena de huevos, o la inspiración que recibimos de ciertos poetas de algún lugar de la costa. Cada uno da lo que tiene, y para nosotros solo caben palabras de agradecimiento, aunque solo sea por el respeto a su tiempo. Un tiempo que se empequeñece y se expande según el ritmo de cada uno: Alejandro con su mula, Salva con su bici, y las ondas radiofónicas con las voces que las hacen moverse. Porque “los caminos son de la gente que anda por ellos”, como dice Alejandro Pérez, el conductor de ese programa de radio itinerante a paso de mula por las serranías andaluzas; y las vidas son de los que las experimentan, de los que ponen en juego los esquemas y la cotidianidad para hacer del tiempo un continuo juego de sucesos impredecibles. Es ahí donde cobra sentido el azar, es ahí donde se entiende que todo deba ocurrir de un modo, ni mejor ni peor, simplemente no estar en, sino ser el movimiento“, que canta Jorge Drexler.

“los caminos son de la gente que anda por ellos” Alejandro Pérez

De movimientos trata el viaje, aunque más que un fenómeno espacial pueda ser una actitud. Los hay que pisan los lugares para llevarse sólo recuerdos, los que tienen una ruta premeditada evitando el vaivén del camino. Esos se desplazan por mar, tierra o aire, siempre con billetes de vuelta. Pero también están los viajeros inmóviles, los poetas, que tienen un contacto con la realidad en la que viajan a través de sus palabras, produciéndose casos paradójicos como el de Kavafis, “un funcionario gris que jamás viajó”, pero que según Salva escribió uno de los poemas más emblemáticos de los viajeros. Porque a pesar de las dudas, uno se reafirma que a través de las palabras se puede construir el espacio, se puede enriquecer la mirada, y cada una de las que utilizamos definen nuestro imaginario, nuestra realidad. Una cultura piedra por piedra a través de todas las voces que participan en ella. Y es que no se entiende cultura, sociedad o comunidad sin comunicación. Ese “fenómeno de intercambio de múltiples experiencias”, como lo define Ramiro Beltrán, que ha ido perdiendo su significado con el tiempo hasta la definición de la que los “medios de comunicación” se apropian hoy en día. Sin embargo, siguen existiendo propuestas como Onda Color o Larreadio que tratan de reivindicar el derecho a comunicar, la necesidad de democratizar la comunicación, de buscar su horizontalidad, de romper las jerarquías de medios y hacer partícipe a las poblaciones más aisladas de sus frecuencias.

a través de las palabras se puede constuir el espacio, se puede enriquecer la mirada

La comunicación no puede sólo persuadir, destacar siempre las calamidades, crear la concepción de que la realidad es un desastre inevitable, sino que debe servir como catalizador capaz de potenciar en las personas su independencia intelectual, su capacidad de decidir. En resumidas cuentas, tenemos fe en las “ondas libres de pecado”, para que dejen el purgatorio de la alegalidad, en que la palabra sea algo más que un instrumento para la persuasión y el control de la racionalidad, y que pueda ser un mecanismo de liberación, de intercambio, de empoderamiento. Un camino, el de la comunicación y el viaje, con distintos recorridos, pero un mismo fin: la libertad.

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